MATALASCAÑAS. Casi un año después de su desaparición, el robo del emblemático lince de bronce que presidía la plaza de Matalascañas continúa siendo recordado por numerosos vecinos y residentes como uno de los actos vandálicos más lamentados de los últimos tiempos en la localidad.
Durante más de quince años, la entrada de un edificio municipal estuvo presidida por esta escultura de bronce, obra del escultor Luis Moreno Cutando, convertida con el paso del tiempo en una de las imágenes más reconocibles y queridas de Matalascañas. Situado sobre un pedestal de granito, el lince formaba parte del paisaje cotidiano de vecinos y visitantes, convirtiéndose en un auténtico símbolo de identidad para el núcleo costero.

Los hechos ocurrieron durante una noche del pasado verano, en pleno mes de agosto. Según relataron varios vecinos de la zona, un grupo de individuos fue visto causando destrozos en la plaza. Testigos aseguraron haber escuchado fuertes golpes y, al asomarse al exterior, observaron cómo los autores rompían varias losas del pavimento mientras se divertían utilizando una sombrilla. Poco después, los mismos individuos fueron vistos abandonando el lugar cargando con la escultura, que había sido arrancada de su pedestal.
Lo sucedido provocó una profunda indignación entre los residentes. No se trataba únicamente del robo de una pieza de bronce, sino de la desaparición de un símbolo que durante años había formado parte de la vida diaria de Matalascañas. Una vez más, el vandalismo demostraba su capacidad para destruir en unos minutos aquello que había tardado décadas en convertirse en patrimonio sentimental de un pueblo.

La obra, creada por Luis Moreno Cutando, era además un homenaje al lince ibérico, uno de los grandes símbolos naturales del entorno de Doñana y del municipio de Almonte. Su presencia en la plaza había convertido a la escultura en un punto de referencia para vecinos y visitantes.
Muchos residentes siguen recordando con nostalgia aquella figura que daba la bienvenida a quienes transitaban por la plaza y consideran que su ausencia ha dejado un vacío difícil de llenar. Para muchos, el lince no era solo una escultura, sino un símbolo de Matalascañas, de Almonte y de la estrecha relación del municipio con su entorno natural.
A día de hoy, el recuerdo del mítico lince continúa presente en la memoria colectiva de quienes lo contemplaron durante años y lamentan que una pieza tan representativa desapareciera para siempre. Su robo constituye un ejemplo de cómo el vandalismo no solo destruye bienes materiales, sino también parte de la historia, la identidad y los recuerdos compartidos de todo un pueblo.

