Hay un detalle del rostro de la Virgen del Rocío que cada siete años, cuando se viste de Pastora para emprender el Camino de Venida, emociona de una manera especial a los almonteños: sus tirabuzones. Esos rizos dorados, perfectamente formados, caen a ambos lados de su rostro enmarcando una mirada llena de dulzura, ternura y majestad. Son mucho más que un peinado; forman parte de la imagen que todo un pueblo guarda en el corazón desde la infancia. Basta contemplarla con el sombrero de Pastora, los tirabuzones acariciando sus mejillas y el polvo del camino envolviendo su paso para comprender por qué esa estampa permanece grabada para siempre en la memoria de quienes la aman.

No es extraño que nuestros mayores, los poetas populares y las coplas de toda la vida hayan encontrado inspiración en esos rizos que parecen tener vida propia. Una de las letras más conocidas canta: «Tiene la Virgen del Rocío, en su carita divina, dos tirabuzones de oro que hasta el mismo sol envidia». Y quien la ha visto caminar entre los pinares sabe que no es una exageración. Esos bucles permanecen impecables mientras la Virgen avanza sobre los hombros de su pueblo, desafiando el movimiento de la procesión y convirtiéndose en uno de los rasgos más entrañables de la Pastora Divina.

También las sevillanas han querido detenerse en esa imagen inolvidable: «Cuando le da el aire, madre, a los tirabuzones de la Pastora, hasta el pinar del camino al verla pasar la adora». Hay algo profundamente bello en contemplar cómo la luz del sol juega entre esos rizos mientras la Virgen atraviesa el Chaparral, los Llanos o las calles de Almonte. Son instantes que apenas duran unos segundos, pero que permanecen para siempre en el alma de quien los contempla. Es una belleza serena, sencilla y profundamente almonteña, imposible de explicar con palabras.

Cuando llega el momento de alzarla sobre los hombros y los vivas rompen el silencio del pueblo, la mirada vuelve inevitablemente a esa carita rodeada por sus tirabuzones. Son el broche perfecto de una imagen única, el reflejo del inmenso cariño con el que Almonte cuida hasta el último detalle de su Madre. Porque esos rizos no son solo parte de su belleza; son también un símbolo de identidad, de tradición y de un amor que pasa de generación en generación. Y cada vez que la Pastora vuelve a recorrer el camino, vuelven a emocionar a un pueblo entero que nunca deja de descubrir en ellos el mismo milagro de siempre.

¡Viva la Virgen del Rocío! ¡Viva la Pastora Divina!